Basta con asomarse a una sesión de entrenamiento a puerta abierta en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas para entender el fenómeno. Hay padres que llevan la camiseta de 2010, niños con el dorsal de sus nuevos ídolos recién estampado y abuelos que no se perdieron ni un partido del Mundial. La segunda estrella, que se estrenó en Wembley y se lucirá oficialmente por primera vez en España este martes en Sevilla, ha desatado una pasión que va más allá de una simple celebración. España se ha enamorado otra vez de su selección, y esta vez parece que va para largo.
Ese furor se nota en las gradas de Las Rozas, en los aeropuertos, en los hoteles de concentración y en cada ciudad por la que pasa el equipo. La RFEF lo sabe y ha decidido aprovecharlo. Su objetivo es tan ambicioso como claro: quintuplicar los ingresos que genera la marca de sus equipaciones. Para lograrlo, la federación tendrá que desarrollar estrategias de marketing más agresivas y globales, similares a las de sus competidores.
España debería estar en el podio de las federaciones que más ingresan por su equipación, y los motivos son varios. En primer lugar, el rendimiento deportivo: la selección absoluta es campeona de la Eurocopa y número uno del mundo. En segundo lugar, la trayectoria reciente: las categorías inferiores también compiten por todos los títulos y siguen sacando talento que acaba en los mejores clubes de Europa. Además, en el horizonte está el Mundial de 2030, que España organizará junto a Portugal y Marruecos. Será un escaparate global como no se ha visto en décadas.
Con todo eso, la conclusión en Las Rozas es clara: España tiene que codearse con las grandes potencias también en el ámbito comercial. No se trata solo de una cuestión de dinero, sino de justicia deportiva y de aprovechar el momento dulce de la selección. Si el equipo sigue ganando y la afición sigue respondiendo, la camiseta española debería venderse tanto como la de Brasil o Francia. El reto está en convertir esa pasión en ingresos reales.